El conflicto en Sudán ha escalado hasta convertirse en una de las peores crisis humanitarias del siglo XXI. Desde que estallaron los enfrentamientos entre el Ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en abril de 2023, se estima que más de 150.000 personas han muerto y 14 millones han sido desplazadas dentro y fuera del país, según agencias de Naciones Unidas.
La violencia alcanzó niveles alarmantes en las últimas semanas, particularmente en la ciudad de El Fasher, en la región de Darfur, donde se reportaron masacres de civiles, ejecuciones sumarias y ataques selectivos contra comunidades no árabes tras la toma de la ciudad por parte de la milicia paramilitar RSF. Organismos internacionales y medios como The Guardian y Reuters documentaron miles de asesinatos y desapariciones masivas, mientras hospitales y campamentos de desplazados fueron arrasados.
La ONU advierte que el país atraviesa una “emergencia total”: un tercio de la población enfrenta hambre extrema, y la infraestructura sanitaria y educativa se encuentra prácticamente colapsada. El Programa Mundial de Alimentos alertó que Sudán podría ingresar a una fase de catástrofe alimentaria sin precedentes si no se reanuda la asistencia humanitaria de manera urgente.
Pese a la magnitud de la tragedia, la respuesta internacional ha sido limitada. Analistas denuncian que la guerra de Sudán está siendo eclipsada por otros conflictos globales, lo que deja a millones de personas atrapadas en una crisis de la que el mundo (literalmente) mira hacia otro lado.
