Por: Guadalupe Robles, historiador mexicano
- Los golpes. Cuando los políticos llegan a la agresión física directa, la política fracasa. Fracasa para regocijo de una buena parte de las redes sociales, que no dejan ir la oportunidad de convertir un incidente lamentable, en un espectáculo morboso y frívolo. Para regocijo también, de los dudosos moralistas quienes siempre esperan de los políticos, virtudes que ellos mismos no tienen pero que exigen. La política como toda actividad humana, vive sus malas tardes. Y no hay que atascarse en ellas. La política suele ser más grande que sus políticos.
- Los insultos. El insulto es hijo de la falta de talento. De imaginación. De la preparación que todo político debe tener. Detrás del insulto se esconde la arrogancia, pero también la ausencia de ideas. El rencor y el victimismo. También en resentimiento. Hay en el insulto siempre una pereza mental. Es lo más fácil a la hora de discutir. El insulto solo exige indolencia y falta de respeto hacia el otro. Falta de respeto a la palabra.
- La burla. La burla suele ser el callejón sin salida del argumento. Es un dique para el planteamiento serio. Para el verdadero debate. Es el cinismo usado sin imaginación. Es el ansia de herir, de reírse de la persona y circunstancias de los oponentes. Es un recurso utilizado por quienes se regocijan con la suerte de los demás. Es la risa que hiere y la frase que ofende sin remordimientos.
- La incongruencia. El pasado no duerme. Menos en el reino de la nube y sus redes. Lo que dijiste hoy vendrá por ti hoy o mañana. Estará ahí para siempre. Así es que el político no puede decir cualquier cosa y luego contradecirse. Ahí están los enemigos y la red para recordárselo. Para hacer pública la incongruencia y su contradicción. La lengua siempre condena al político.
- La violencia verbal. La agresividad verbal siempre es un riesgo para traducirse en violencia física. Hay palabras que hieren e incitan. Que duelen para siempre. La palabra tiene mucho más peso de lo que los políticos creen. La violencia verbal es una sala de espera para la violencia física. El político debe mesurar sus palabras. Evitar ofender premeditadamente. Con alevosía y ventaja.
- La vulgaridad. La política es una actividad de formas. De buenas maneras: de educación. Sabemos que hay públicos que festejan la irreverencia y la vulgaridad. Que hay políticos convencidos de que hay que sobresalir en las redes sea como sea. Pero hay muchas maneras de desprestigiar a la política y una de ellas es la vulgaridad. Ese credo de patanería que muchos políticos han escogido para su promoción.
- La desvergüenza. Tarde que temprano tiene consecuencias. Al político desvergonzado se le puede pasar una o dos. O tal vez, tres. Pero siempre habrá una consecuencia para la falta de ética y de principios. La gente festeja las ocurrencias y los desmanes. Pero, finalmente, se vuelve un juez implacable contra los desvergonzados.
Periodista Senior