martes, abril 21

Nuestros años felices/Felix Gimenez

Cuesta recordar que tuvimos un tiempo donde la felicidad no se medía en cifras o se
compraba con tarjetas de crédito. Solo bastaban una tarde de juegos en la calle, una
charla bajo las estrellas o una comida en familia para sentirnos alegres. Eran nuestros
años felices, aunque no fuimos conscientes de ello. La infancia nos ofrecía un refugio
donde el dinero no era protagonista directo de nuestro gozo.

Al crecer nos dimos cuenta de una cruda verdad: el mundo gira en torno al dinero. La
libertad tiene un precio, la salud, la educación y hasta el ocio están condicionados por
la billetera. Lo que antes era espontáneo, ahora se planifica y se paga. La adultez nos
tira a un sistema que convierte necesidades básicas en lujos. En medio de esa
realidad, la felicidad parece cada vez más lejana y costosa, especialmente en tiempos
de crisis financieras mundiales causadas por guerras y desastres naturales.

Lo verdaderamente doloroso es que, en esa carrera por obtener una vida “mejor”, nos
olvidamos de muchos detalles. Nos convencen de que necesitamos más para ser
felices. La publicidad, el consumo y la competencia nos alejan de lo simple que antes
nos bastaba. Y así, sin darnos cuenta, hipotecamos nuestra paz por la cima del éxito.
Deseamos las cosas, pero rara vez sabemos disfrutarlas.

Quizás sea hora de replantearnos qué es realmente vivir bien. Volver a valorar esos
momentos sin precio. No se trata de romantizar la pobreza, sino de reconocer que el
bienestar no siempre lo encontraremos en lo material. Tal vez, si aprendemos a mirar
con otros ojos, descubramos que aún hay tiempo para ser genuinamente felices y ser
conscientes de ese estado de paz que muchos anhelan y que muy pocos alcanzan.