Comentario 3×3
Por Benjamín Fernández Bogado
La guerra de las coronas se desató el fin de semana en Asunción con la pintarrajeada de las paredes del Panteón Nacional de los Héroes por parte de unos jóvenes que cuestionaban la actitud del Gobierno en torno a la muerte de dos niñas en un campamento EPP.
Inmediatamente respondieron otros que dijeron que esto era una violación hacia el sagrado recinto y llenaron de coronas, llevando su adhesión a los que se encontraban en su interior y que, por supuesto, no podían escuchar absolutamente estos reclamos.
Otros que tampoco escucharon los reclamos fueron los dirigentes del Partido Colorado, que sobre la calle 25 de Mayo, en su local partidario, colocaron otras coronas recordándoles la responsabilidad que tienen como agrupación política en todo el desatino de muchas de estas acciones, entre ellas la muerte de dos niñas en un campamento del EPP.
Más allá de la cuestión simbólica y del manejo de las emociones, que es una característica muy típica de nuestro ethos cultural, nos dejamos llevar demasiado por las cuestiones emocionales y muy poco por las cuestiones racionales.
Lo que vale e importa aquí es cómo institucionalmente hemos respondido a circunstancias graves en donde se ha visto el nivel de profesionalidad, de eficacia, de apego a la norma por parte de nuestras instituciones y de sus cuerpos operativos, entiéndase policías y militares.
La cuestión de los jóvenes puede terminar siendo una anécdota más de las muchas que pueden contarse en la historia de los millennials en nuestro país, pero fuera de eso, deberíamos volver a racionalizar el debate en torno a este tema y no quedarnos en la guerra de las coronas.