Pese a los avances en la civilización y la globalización, las opresiones e injusticias
persisten como sombras oscuras sobre la humanidad. Desde las escuelas hasta los
tribunales, es notorio cuando las oportunidades se reparten de manera desigual. A
menudo, son quienes están en el poder los que deciden quién merece justicia y quién
no debe de obtenerla. Esta realidad solo puede causarnos resentimiento, dolor y
desconfianza social.
Muchas veces, no basta con simples leyes para intentar erradicar la injusticia; se
requiere tanto de voluntad ética como de acciones constantes. En varios países, los
poderosos manipulan el sistema con tal de proteger sus intereses. A la vez que los
más desamparados cargan con el peso de decisiones que jamás tomaron, pero que
les fueron impuestas. La justicia se convierte así en un instrumento de opresión que
destruye toda esperanza.
Cabe resaltar que la injusticia se normaliza cuando toda sociedad calla o mira a otro
lado. Toda vez que ignoramos una agresión, una exclusión o un acto de corrupción
institucional, la perpetuamos. Entonces, evidentemente el combate por la justicia debe
ser colectivo, crítico y valiente. Solo de esa manera se puede aspirar a una sociedad
verdaderamente equitativa.
De más está decir que algo como la injusticia, en todo el mundo, no es ningún
accidente sino una construcción. Si queremos desmantelarla, debemos de estar
dispuestos a enfrentar verdades que podrían resultar incómodas y desafiar privilegios
históricos. El silencio únicamente protege al corrupto, nunca a las víctimas. Por eso y
por muchas otras razones, hablar de injusticia es el primer paso hacia la libertad.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
