Esa sombra invisible que nos acompaña en cada gesto digital es el algoritmo. No lo
vemos, pero siempre está ahí: en nuestros pensamientos, en los sueños que se
moldean por imágenes sugeridas, en los silencios que se llenan con las notificaciones.
Es un poder que no descansa, que se infiltra en la rutina y condiciona lo que creemos
elegir en plena libertad.
La paradoja aquí resulta inquietante. Creemos que navegamos con voluntad propia,
que decidimos qué leer, qué ver, qué comprar. Sin embargo, detrás de cada clic hay un
cálculo que anticipa nuestros deseos, que los moldea y algunas veces los fabrica. El
algoritmo no solo predice, también prescribe. Nos dice qué cantante escuchar, qué
noticias revisar, qué rostros admirar. Y lo hace con una eficacia que roza lo
paranormal.
En este sentido, el algoritmo resulta ser más que una herramienta: es un espejo que
deforma la realidad. Refleja lo que somos, y también lo que otros quieren que seamos.
Nos encierra en burbujas de información, nos ofrece un mundo a nuestra medida,
cómodo y predecible, pero limitado. La variedad se reduce, la sorpresa es casi nula, la
libertad se vuelve ilusión.
Evidentemente no podemos escapar del algoritmo, porque está incrustado en la
arquitectura misma de la realidad digital. Pero siempre podemos cuestionarlo.
Reconocer su poder es el primer paso para resistirlo. No debemos demonizar la
tecnología, solo recuperar la capacidad crítica frente a ella. El algoritmo es una
sombra, sí, pero también puede ser luz si aprendemos a usarlo en lugar de ser
usados.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
