martes, septiembre 22

DISCURSO DEL DR. IGNACIO IRAMAIN, PREMIO ANTORCHA DE LA LIBERTAD 2026

 

El viaje de la antorcha de la libertad, que comenzó con un destello cívico en el corazón de América, parpadea hoy bajo el cielo plomizo de un siglo XXI extenuado. Al mirar el curso de la historia, las figuras de Abraham Lincoln y el Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia no se nos presentan meramente como dos gobernantes del siglo XIX, sino como dos arquetipos fundacionales, dos narrativas existenciales sobre cómo la humanidad intentó resolver el enigma de la convivencia, la soberanía y el poder. Hoy, al observar el destino de los pueblos que moldearon, nos enfrentamos a una verdad incómoda: ambos senderos, por vías inversas, parecen confluir en una misma ciénaga de decadencia civilizatoria.

Lincoln representó la fe ilustrada en la palabra, el contrato y la redención colectiva. En el fango ensangrentado de Gettysburg, su voz no buscaba el dominio, sino la consagración de una idea mística: que el ser humano es inherentemente igual a su semejante y que la democracia -el gobierno del, por y para el pueblo- es un experimento sagrado que merece el sacrificio supremo. La libertad de Lincoln era una catedral abierta, una promesa dinámica de integración y derechos civiles que pretendía expandirse como un faro global.

En el extremo opuesto del continente y del espectro humano, el Doctor Francia encarnó el realismo trágico y la sospecha rousseauniana. Rodeado por la anarquía, la codicia de los imperios y la amenaza de disolución de su joven patria, “El Supremo” entendió la libertad no como una plaza pública de debates poéticos, sino como una fortaleza hermética. Para Francia, la soberanía era un ejercicio de supervivencia fría, jurídica y austera. Convencido de que un pueblo virtuoso pero inocente sería devorado por las fuerzas del mercado colonial y la oligarquía, decidió encadenar las libertades individuales en el altar de la independencia nacional. Creó una autarquía silenciosa, una Pax basada en el orden vertical y el aislamiento defensivo.

Dos siglos después, contemplamos con horror el naufragio de ambas visiones. La catedral de Lincoln, que prometía el faro de la emancipación global, se ha convertido en el epicentro de un imperio hiperconcentrado, donde el ciudadano ya no es el soberano de Gettysburg, sino un engranaje polarizado, anestesiado por el consumo y pastoreado por un élite que ha vaciado las instituciones republicanas de toda sustancia moral. La libertad americana mutó en la arrogancia de la intervención y hoy se debate en el delirio de líderes que flirtean abiertamente con el cesarismo autocrático, utilizando las leyes de la república para demoler su propio espíritu.

Por su parte, la fortaleza de Francia, el Paraguay que nació de una “democracia obligada” por la geopolítica de la posguerra fría, nunca logró sacudirse el fantasma de su ADN iliberal. La Constitución de 1992 fue un intento noble de importar un ropaje democrático sobre un cuerpo habituado al mandato vertical. Hoy, esa estructura formal cruje bajo el peso de un régimen híbrido, donde el Estado ha sido capturado por corporativismos mafiosos y clientelares. El silencio francista ya no es el de la austeridad patriótica, sino el de la impunidad judicial, la asfixia del disenso y la apatía de una ciudadanía que, cansada de promesas vacías, empieza a añorar de nuevo el látigo del orden.

Este doble colapso es el síntoma de una crisis mucho más profunda: una auténtica decadencia civilizatoria. Hemos despojado a la política de su dimensión humana y espiritual. La libertad ya no se entiende como una realización de la virtud o la autodeterminación comunitaria, sino como la mera gestión de la supervivencia o el derecho al consumo individual. Nos encontramos en un interregno peligroso donde las viejas institucionales republicanas son cáscaras vacías, incapaces de contener las nuevas fuerzas globales.

Es en este vacío donde se dibuja en el horizonte la amenaza más ominosa de nuestro tiempo: el tecnofascismo. Ya no se trata del dictador decimonónico que gobierna con derechos de puño y letra, ni del general del siglo XX que saca los tanques a la calle. El nuevo totalitarismo es algorítmico, invisible y omnipresente. Utiliza la hiperconectividad, el control de datos, el mercado de la atención y la vigilancia digital para moldear nuestros deseos, predecir nuestras conductas y anular el pensamiento crítico. Es una matriz que fusiona el control estatal chino con la codicia de las corporaciones tecnológicas de Silicon Vallley. Si no reaccionamos, nos convertiremos en esclavos complacientes de un sistema que nos vigila a través de pantallas mientras nos arrebata la condición de ciudadanos libres.

¿Qué líneas de fuga nos quedan para escapar de esta distopía y recuperar una institucionalidad que respete la dignidad humana? La respuesta no está en volver al aislamiento de Francia ni en confiar ciegamente en el globalismo desgastado de la narrativa norteamericana. Debemos trazar nuevas rutas de emancipación:

El retorno a la soberanía local y comunitaria: Frente a la asfixia de los megaestados y las corporaciones transnacionales, la primera línea de fuga es el fortalecimiento de los tejidos locales. Es en la comunidad inmediata -el municipio, el barrio, las cooperativas de productores- donde el ser humano puede ejercer un control real sobre su vida, su economía y sus recursos, recuperando el sentido del “bien común” que Rousseau teorizó y que el clientelismo destruyó.

El constitucionalismo digital y la resistencia tecno política: Así como en el siglo XVIII se crearon constituciones para frenar el poder absoluto de los reyes, hoy urge un nuevo constitucionalismo global que ponga límites estrictos al poder de los algoritmos y de las corporaciones tecnológicas. La privacidad de los datos debe ser elevada a la categoría de derecho humano inalienable. Debemos construir tecnologías de código abierto y redes descentralizadas que devuelvan el ciudadano el control de la información, rompiendo el monopolio del tecno fascismo.

Una educación humanista y desmitificadora: La mayor victoria del autoritarismo actual es la actual es la apatía y el analfabetismo democrático. Necesitamos rescatar una educación que no esté orientada únicamente a formar piezas útiles para el mercado laboral, sino a cultivar la empatía, el pensamiento crítico, la memoria histórica y la responsabilidad ética. Solo un ciudadano que comprende el valor del disenso legítimo y el dolor del pasado autoritario es capaz de encender de nuevo la antorcha de la libertad.
La refundación ética de la representación: Las elecciones ya no bastan si solo sirven para legitimar regímenes híbridos o populismos autocráticos. La institucionalidad del futuro debe incorporar mecanismos de democracia deliberativa directa -herederos, quizás, de la escala humana de aquellos primeros congresos paraguayos de mil diputados-, donde el ciudadano común tenga voz real en las decisiones estratégicas, arrebatándole el monopolio de la política a las oligarquías de partido.

La antorcha de la libertad está parpadeando, pero su fuego no se ha extinguido. Nos encontramos ante la encrucijada definitiva: o permitimos que el horizonte sea colonizado por el frío orden de un fascismo tecnológico que convierte la condición humana en un dato comercial, o asumimos el doloroso pero luminoso deber de reinventar la república, exigiendo, como Lincoln, un nuevo nacimiento de la libertad, y defendiendo, como Francia, el derecho inalienable delos pueblos a disponer de su propia suerte, pero esta vez con las ventanas bien abiertas al mundo y con el respeto absoluto a los derechos de cada ser humano.