Existe una creencia tan impuesta que pocos se atreven a discutirla en voz alta, es la
idea de que el sistema de justicia, por su naturaleza, tiende a ser justo. Solemos decir
“confío en la justicia” como quien obedece a un dogma de fe, aunque la experiencia
cotidiana, las noticias y la estadística nos muestren casos de total impunidad e
injusticia en el mundo.
Evidentemente pensar que la justicia es justa requiere un esfuerzo mental comparable
al que exige creer en la infalibilidad de cualquier institución humana. Porque pasa y
resulta que algo como la justicia no es un ente abstracto y puro: es una maquinaria
que requiere de personas, seres humanos con agendas, políticas, prejuicios,
necesidades y por lo tanto, tampoco es que estén libres de culpa o corrupción total.
Lo verdaderamente peligroso aquí es la ingenuidad de justificar a autoridades pese a
lo que el historial de casos muestre. Al asumir que el sistema es naturalmente justo,
cualquier resultado es aceptado sin pensamiento crítico (“si lo condenaron debe ser
por algo” o también “el juez lo declaró inocente, es la verdad”). Así solo se desactiva la
vigilancia ciudadana. El sistema deja de ser perfectible y pasa a ser intocable.
El problema no es el cinismo absoluto, o negar que existan gente honesta dentro del
sistema. Es un asunto de madurez, debemos dejar de creer que el poder judicial tiene
una virtud que ninguna organización humana posee por naturaleza. La justicia no es
justa; en el mejor de los casos, intenta ser menos injusta. Esa diferencia es la distancia
entre la fe ciega y la responsabilidad democrática.

Licenciado en ciencias politicas (UNA), comunicador, productor y editor de contenido creativo para medios de comunicacion o intereses particulares
