sábado, septiembre 12

     Cinco días en Paraguay: «una experiencia que permanece» por Horacio Barrios

Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en experiencias.      Los cinco días que pasé recientemente en Paraguay pertenecen, sin dudas, a estos últimos.

Llegué a Encarnación, apenas cruzando el puente que une esa ciudad con Posadas, Misiones. El motivo de mi viaje fue participar de la 22ª edición de la Libroferia Encarnación, donde tuve la oportunidad de presentar mi nuevo libro, Gracias por la Radio.

Pero lo que comenzó como una actividad profesional terminó convirtiéndose en algo bastante más profundo.

Desde el primer momento recibí algo que no siempre se encuentra cuando uno llega a un lugar por razones de trabajo: reconocimiento, respeto y, sobre todo, afecto.

Los organizadores, el público y muchas de las personas con las que tuve contacto hicieron que me sintiera recibido no como un visitante circunstancial, sino como alguien que llegaba a compartir una experiencia.

Hay una característica del paraguayo que me quedó particularmente presente: su manera de tratar al otro. La cordialidad, la educación, la atención y ese modo tan particular de hacer sentir importante a quien tienen delante. No como una formalidad, sino como una actitud que parece formar parte de la vida cotidiana.

Después de la presentación en Encarnación llegó una invitación a compartir un almuerzo con personas vinculadas a la cultura, al empresariado y al ámbito universitario, entre ellas la rectora de la Universidad Autónoma de Encarnación (UNAE).

Todo ese recorrido tuvo, además, el acompañamiento permanente del doctor Benjamín Fernández Bogado, una personalidad de enorme reconocimiento en Paraguay, con una extensa trayectoria académica, periodística y literaria. Su generosidad y disposición hicieron posible los encuentros que tuve durante estos días. Un extraordinario anfitrión y amigo.

Después vino Asunción.

El viaje desde Encarnación hasta la capital paraguaya, de unas seis horas por ruta, marcó el comienzo de otra etapa.

Al día siguiente se inició un verdadero recorrido por medios de comunicación, universidades y distintos ámbitos vinculados con el periodismo y la comunicación.

Encontré colegas extraordinarios. Profesionales que recibieron al visitante con respeto y que demostraron, además, un profundo conocimiento de su oficio.

Hubo encuentros en la Universidad del Norte, ante estudiantes de la Licenciatura en Periodismo; en la Universidad Americana, con alumnos de la Licenciatura en Medios Audiovisuales; y también conversaciones con periodistas deportivos paraguayos.

Pero hubo un encuentro que, por mi propia historia profesional, tuvo un significado especial: el realizado con integrantes de la Unión de Radiodifusores del Paraguay.

Allí estuvieron propietarios de emisoras de la capital, periodistas y profesionales vinculados directamente con la radio. Compartí ese espacio con Eduardo Palacios, investigador e historiador de la radio paraguaya, quien presentaba también un libro dedicado a reconstruir la historia de la radiodifusión de ese país.

Y entonces apareció inevitablemente la radio.

     La radio como espejo

¿Y qué encontré en la radio paraguaya?

Encontré, como era de esperar, una radio profundamente vinculada con su territorio. Una radio que conserva músicas y elementos de identidad local y que, al mismo tiempo, presenta algunas de las mismas tensiones que atraviesa la radiodifusión en buena parte de América Latina.

Percibí contenidos fuertemente atravesados por la política y, en algunos casos, orientados hacia los funcionarios y los sectores de poder de turno. No es un fenómeno exclusivamente paraguayo. Por el contrario, parece formar parte de una época en la que muchos medios han ido acercándose más al poder que a sus propias audiencias.

Y allí aparece una cuestión que considero fundamental: la radio y su audiencia deben formar un solo cuerpo.

Una radio que deja afuera a una parte de su sociedad termina debilitando su propia razón de ser. La diversidad de voces, de edades, de intereses y de miradas no debería ser un problema para la radio. Debería ser precisamente una de sus mayores riquezas.

Paraguay ofrece, además, una particularidad cultural extraordinaria: tiene dos idiomas oficiales, español y guaraní. Esa convivencia lingüística no es un dato menor. Es una expresión concreta de una identidad que ha sabido preservar sus raíces y, al mismo tiempo, relacionarse con el mundo.

La radio tiene allí un enorme campo para trabajar sobre esa identidad, sobre la memoria, sobre las diferencias y sobre aquello que une a los paraguayos.

 

     También hay preguntas incómodas

Un viaje no debería convertirse en una postal.

Durante esos días también aparecieron conversaciones sobre algunas de las dificultades que atraviesa el país. Entre ellas, la preocupación por el nivel educativo de la población, especialmente después de los resultados de las evaluaciones PISA, que generaron debate tanto en los medios como en distintos sectores de la sociedad y esos datos no favorecen al Paraguay.

No todo es luminoso en ninguna comunidad.

En algún momento alguien me dijo: “También tenemos nuestra parte oscura”.

La frase me quedó dando vueltas.

Es cierto. Todo país tiene contradicciones, contrastes, problemas, desigualdades y zonas que requieren atención. Pero decidí no hacer de ellas el centro de mi mirada.

No porque deban ignorarse, sino porque mi experiencia durante esos cinco días me llevó a detenerme en otra cosa: en aquello que una sociedad ofrece cuando abre sus puertas a alguien que llega desde afuera.

Y lo que encontré fue, en una proporción que considero significativa, una sociedad amable, diversa y profundamente hospitalaria.

 

     Mucho por hacer

Me fui del Paraguay con la sensación de que allí hay mucho por hacer.

Y también con la certeza de que existe gente dispuesta a hacerlo.

Desde mi lugar, como periodista, investigador y hombre de radio, he puesto a disposición de medios y universidades mi experiencia profesional. Pero hay algo que para mí tiene todavía más importancia: hacerlo simplemente como un ser humano dispuesto a compartir lo que sabe y, al mismo tiempo, a seguir aprendiendo.

Porque eso también son los viajes.

Uno cree que va a un país a llevar algo y termina descubriendo que se lleva mucho más de lo que dejó.

Fueron apenas cinco días.

Cinco días entre libros, radios, universidades, colegas, estudiantes, conversaciones y caminos. Cinco días suficientes para descubrir que detrás de una frontera hay mucho más que otro territorio: hay otras voces, otras historias, otra manera de mirar y también muchas cosas que nos unen.

El Paraguay me recibió con una hospitalidad que no voy a olvidar.

Y quizá esa sea la mejor manera de terminar esta pequeña crónica de viaje:

     Gracias Paraguay por tu hospitalidad, por tu buen trato y por esa educación con la que recibes al otro.

Volveré, seguramente, es mi deseo, porque hay lugares a los que se viaja. Y otros que, después de haberlos conocido, de alguna manera comienzan a viajar con uno