POR: BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO
UN CORRUPTO INSOSTENIBLE
La situación del presidente de PetroPAR, Eddie Jara, se complica. No solo que la Contraloría cartista dice que hay varios ingresos y egresos a su cuenta particular que no se pueden justificar, sino que también la propia defensa que hace su novia, una diputada de apellido Vega, que dice por qué no se le aplica la misma vara de la Contraloría a otros corruptos y que ellos argumentarán en contra de las razones que esgrime la Contraloría para afirmar que es un corrupto. De nuevo, la pluralización de “nosotros” no viene a cuento, porque el responsable de la administración de Petropar no es ella, sino que es él, a no ser que se juzgue que todas las actividades privadas ostentosamente promocionadas hayan sido parte de un esquema en el que también estaba complicada la diputada.
Este es un caso más de corrupción, de los tantos que cotidianamente nos enfrentamos en el Paraguay, rodeado de impunidad, y en donde básicamente lo que no existe es la capacidad, el deseo, la voluntad y el coraje de nuestros magistrados para enderezar entuertos. No pasará mucho tiempo en que la propia Contraloría diga que la investigación contra Jara no la llevó la Fiscalía como debiera y esta tuviera que afirmar que tiene problemas presupuestarios o no tenía todos los elementos probatorios, consolidándose en el camino la impunidad, que es el sello de la contracara y argumento de la corrupción paraguaya.
UN DOMICILIO PRIVADO CONVERTIDO EN OFICINA PÚBLICA
Unos jueces de apelación confirmaron el fallo de un juez de primera instancia en el caso del acceso a la información pública de quiénes son los que ingresan a Mburuvicha Roga y con qué propósito. El argumento, entre otras cosas, es que esa es una residencia privada del mandatario y no tiene por qué estar contando quiénes son los que participan de las conversaciones en su casa. Lo que desconocen estos magistrados es que el presidente despacha en la residencia presidencial, no tiene una oficina como tienen otros mandatarios y como otros presidentes lo hacían en el Palacio de López.
Por razones que desconocemos —algunos hablan de falta de seguridad del lugar—, el presidente tomó la costumbre de despachar en su habitación, en su comedor, en el quincho, ahí donde se encontraron varios sobres, según la empleada doméstica de la casa. Lo concreto y cierto es que los jueces no entendieron que, incluso en las comunicaciones que hace la vocería de la presidencia, figura la residencia presidencial como el lugar en donde están asignadas las audiencias del día. Mal podrían haber dicho que ese era un lugar que estaba protegido de cualquier intromisión del deseo de conocer quiénes son los que despachan con el presidente.
Si el presidente despacha desde su casa y esa es su oficina presidencial, pues allí deberíamos nosotros, los mandantes, saber qué hace nuestro mandatario en nuestro nombre con nuestros recursos.
A NADIE IMPORTA
La huelga de los choferes, que parcialmente ha afectado el servicio del día de ayer y de hoy, muestra una situación mucho más profunda que no se animan nuestros administradores a resolver, que es la cuestión de quién debería explotar el servicio y de qué manera. El sistema mixto, en donde el Estado pone la mitad del costo del pasaje y el otro va a los bolsillos directamente de los empresarios, no ha venido funcionando como se debiera.
Nunca se aplicaron mecanismos de control; por lo tanto, nunca se sabe si realmente la unidad de transporte salió, hizo el recorrido completo y sirvió a la gente. Por lo tanto, nunca se supo, y cuando salieron informaciones que contaban que varias unidades nunca realizaron el trayecto completo porque tenían un GPS que indicaba el periplo, claramente se demuestra que la corrupción y el deseo de recibir el subsidio millonario sin dar el servicio han sido una de las características perversas de este sistema que conspira contra la ciudadanía.
Capitales grandes como Buenos Aires, a comienzos del siglo XX, desarrollaron trenes de cercanía y también metro para hacer frente al creciente número de personas que se trasladaban de un sitio a otro en lo que después se conoció como el Gran Buenos Aires. Aquí nadie ha hablado de eso y, cuando se habló, se fracasó: en el Metrobús hasta San Lorenzo y en el tren de cercanías hasta Ypacaraí.
No se quiere dejar de humillar y de colocar en un plano de indignidad a los que usan cotidianamente el pervertido sistema de transporte público.
Periodista Senior