viernes, julio 10

EL NEGOCIO DEL FÚTBOL.

DR IGNACIO IRAMAIN

SENADOR NACIONAL

Como apasionado del fútbol, yo ya me había expresado en relación al tema de la Albirroja, en cuanto al reconocimiento por el esfuerzo realizado, los logros conseguidos, pero creo que es pertinente hacer un poco algunas reflexiones, ya que han sucedido algunas cosas que merecen alguna reflexión sobre el tema un poquito más profunda.

Y quería manifestar lo siguiente: Eduardo Galeano escribió y nos dejó como herencia espiritual una de las frases que a mí siempre me impresionó, “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Y Borges, desde la vereda opuesta, con su lucidez aristocrática y su desprecio por las multitudes, había dicho, “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”.

Entre estas dos frases, lógicamente, hay una gran tensión. Para unos el fútbol es comunión, para otros es alienación.

Para unos es poesía colectiva, y por eso yo me inclino por esta poesía colectiva. Pero para otros, embrutecimiento. Un embrutecimiento de masas. Pero que quizás ambos veían una parte de la verdad.

Galeano veía a ese niño pobre que iba detrás de una pelota de trapo en una calle de tierra, a un obrero que después de una semana de explotación, encontraba en 90 minutos una forma de dignidad. Galeano veía el barrio, el club, a la camiseta heredada del padre, al gol gritado como si fuera una pequeña victoria contra la tristeza. Galeano comprendía que el fútbol no era solamente un deporte. Era memoria, identidad, pertenencia, lenguaje universal de los humildes.

Borges, en cambio, desconfiaba de la multitud. Temía que detrás del fervor popular apareciera la irracionalidad, la manada, la obediencia emocional.

Y no estaba completamente equivocado. Porque cuando una pasión deja de ser cultura, deja de ser un bien cultural común y se convierte en fanatismo, cuando la camiseta sustituye al pensamiento, cuando el grito reemplaza a la razón, entonces el fútbol puede dejar de ser fiesta popular y convertirse en un instrumento de manipulación.

¿Qué es lo que estamos viendo actualmente? La FIFA, todos los organismos internacionales empapados en la corrupción, no respetando ni siquiera las reglas propias, sino que a pedido de políticos cambia las reglas del juego.

El fútbol nació como juego, pero se convirtió en industria. Algo que nació como pasión, se convirtió en mercancía.

Que nació en los barrios, terminó administrado por las corporaciones. terminó también con los clubes populares que hoy muchas veces termina capturado por corporaciones de millonarios, fondos de inversión, casas de apuestas, contratos opacos, derechos televisivos como monopolios, comisiones intermediarios y organismos internacionales que se comportan menos como guardianes del deporte que como administradores de una multinacional sin chimenea.

El problema no es que el fútbol mueva dinero, es que en este momento el dinero mueve al fútbol.

Hoy el fútbol parece tener dos almas. Una del pueblo, la pelota en el baldío, en la escuela de barrio, la bandera hecha de mano. Esa alma siendo sagrada, esa alma explica por qué el fútbol conmueve mucho más que muchos discursos políticos. Por qué une donde la sociedad divide. Por qué iguala simbólicamente a ricos y pobres frente a la incertidumbre de una pelota o de un resultado.

Pero existe otra alma, la del negocio sin pudor, la del dirigente que habla del deporte mientras negocia poder, la del organismo que predica transparencia mientras protege privilegio, la de la industria que vende épica, pero compra silencio, la de los niños tratados como mercancía futura. Y allí aparece la gran contradicción de nuestro tiempo.

El fútbol sigue siendo popular, pero ya no siempre pertenece al pueblo. Por eso no hay que destruir el fútbol, hay que rescatarlo.

Hay que defenderlo de quienes lo mercantilizan hasta vaciarla de contenida. Hay que transparentar los organismos, hay que democratizar sus decisiones, hay que proteger a los clubes formadores, hay que regular las apuestas, hay que controlar los contratos, hay que impedir que la corrupción se disfrace de gestión deportiva.

Hay que recordar que un estadio no es solamente una caja registradora, es un espacio de la comunidad que quiere administrar un bien común y quiere disfrutar de un bien común. Que un club no es solamente una marca, es una institución social. Que una camiseta no es solamente marketing, es memoria colectiva.

Galeano tenía razón. El fútbol es una religión sin ateo, porque incluso quienes lo critican terminan reconociendo su poder simbólico.

Entonces el fútbol no necesita menos pasión, necesita más decencia, no necesita menos pueblo, necesita menos corrupción, no necesita menos emoción, necesita más democracia, necesita más transparencia y más respeto.

Porque la pelota, al final, sigue siendo inocente. Lo que se corrompió no fue el juego, lo que se corrompió fue el poder que aprendió a vivir de él.

Y ese poder que privatizó, así como se privatizan los estados privatizó el fútbol y hoy no sabe diferenciar lo que es esfera pública de lo que es esfera privada. Y por eso suceden estos ruidos que aparecen como bochornosos pero que simplemente muchas veces manifiestan una pasión que para los jugadores debe quedar dentro de la cancha y para los espectadores dentro de los estadios y no trascender más de esas fronteras.