El calentamiento del Pacífico ya fue confirmado y podría intensificarse durante los últimos meses de 2026. Para Paraguay, el riesgo no se limita a las familias ribereñas: lluvias intensas, raudales, desbordes de arroyos, cortes de rutas, daños productivos y problemas sanitarios pueden alcanzar tanto a hogares como a comercios y empresas. El país activó reuniones y simulacros, pero todavía necesita convertir la advertencia climática en planes municipales visibles, presupuestados y comprensibles para la ciudadanía.
La amenaza no comienza cuando el río entra en una vivienda, cuando el raudal arrastra un vehículo o cuando un comercio pierde su mercadería. Comienza mucho antes, cuando una alerta científica no se traduce en limpieza de cauces, mapas de evacuación, mantenimiento de desagües, protección de hospitales, revisión de refugios y comunicación clara con los barrios. Paraguay llegó a agosto con El Niño ya instalado en el océano Pacífico y con la posibilidad de que el fenómeno gane una fuerza excepcional hacia el cierre del año.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos confirmó en julio que El Niño continúa activo y se fortalecería durante los próximos meses. Su escenario asigna una probabilidad del 97% de que persista hasta comienzos de la primavera boreal de 2027 y una posibilidad elevada de que alcance una categoría muy fuerte durante el trimestre octubre-diciembre de 2026. El índice semanal de la región Niño 3.4 ya se encontraba en torno a +1,2 °C, mientras que el Pacífico oriental mostraba anomalías todavía mayores.
La precisión es importante: El Niño no “llega” a Paraguay como una tormenta que cruza una frontera durante un día determinado. Es una alteración progresiva del sistema océano-atmósfera que se origina a miles de kilómetros, modifica la circulación de los vientos y cambia las probabilidades de lluvia, temperatura y eventos extremos en distintas regiones del planeta. Sus efectos locales pueden comenzar gradualmente, variar por territorio y alcanzar su mayor expresión meses después de la confirmación oceánica.
El material reunido para esta nota recoge la advertencia de que Paraguay podría enfrentar lluvias de mayor intensidad e inundaciones, con señales iniciales entre agosto y septiembre. También señala que la Secretaría de Emergencia Nacional comenzó a coordinar acciones preventivas ante posibles daños urbanos y productivos.
La diferencia entre una advertencia y una catástrofe no depende exclusivamente de cuánta agua caiga. También depende de cuánto se hizo antes.
UN OCÉANO CALIENTE QUE ALTERA LA ATMÓSFERA
El Niño forma parte del fenómeno denominado El Niño-Oscilación del Sur, conocido por la sigla ENSO. Su fase cálida se identifica cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental mantienen temperaturas superiores a las normales y esa anomalía comienza a reorganizar la atmósfera.
En condiciones habituales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas hacia el oeste del Pacífico y favorecen el ascenso de aguas más frías frente a Sudamérica. Durante El Niño, esos vientos se debilitan y el calor se desplaza o permanece más cerca del centro y el este del océano. El cambio modifica la formación de nubes y grandes corredores atmosféricos que distribuyen humedad y energía alrededor del planeta.
No significa que todos los países tendrán inundaciones ni que lloverá de forma permanente. Algunas regiones pueden atravesar sequías, mientras otras reciben precipitaciones superiores a lo normal. Tampoco existe una relación automática entre la intensidad oceánica del fenómeno y un desastre específico en una ciudad. Incluso los episodios más fuertes no producen exactamente el mismo impacto en todos los territorios. NOAA advierte que la intensidad aumenta las probabilidades de ciertos patrones, pero no convierte cada pronóstico en una certeza local.
Para el sudeste de Sudamérica, los episodios de El Niño suelen inclinar el escenario hacia mayores precipitaciones, especialmente durante la primavera y el verano. Paraguay queda expuesto porque su territorio forma parte de grandes cuencas compartidas con Brasil, Bolivia y Argentina. Puede llover intensamente sobre una ciudad paraguaya, pero también puede subir un río debido a precipitaciones ocurridas muchos kilómetros aguas arriba.
Allí aparece una de las mayores dificultades para la comunicación pública: una tarde soleada no elimina el riesgo hidrológico. El nivel del río puede responder con días o semanas de retraso a lluvias registradas en otros puntos de la cuenca.
AGOSTO NO ES UNA FECHA MÁGICA, SINO EL INICIO DE UNA VENTANA DE RIESGO
Decir que El Niño “empieza en agosto” puede llevar a una interpretación equivocada. El fenómeno oceánico ya estaba activo antes de comenzar el mes. Lo que puede aumentar desde agosto es la influencia atmosférica sobre Paraguay y, posteriormente, la probabilidad de lluvias por encima del promedio, tormentas intensas y crecidas.
La Dirección de Meteorología e Hidrología mantenía publicados, al cierre de julio, pronósticos hidrológicos semanales, mensuales y trimestrales para julio, agosto y septiembre, además de perspectivas subestacionales que permiten observar la evolución de las próximas semanas.
Ese monitoreo debe continuar porque un pronóstico estacional no informa qué calle se inundará a las 18:00 ni cuántos milímetros caerán sobre un barrio determinado. Indica probabilidades generales para periodos amplios. Las alertas de corto plazo, emitidas horas o días antes, son las que permiten anticipar tormentas concretas.
La preparación, sin embargo, no puede esperar a que aparezca una alerta roja en el teléfono. Limpiar un cauce, reparar una alcantarilla, trasladar documentos, identificar a pacientes electrodependientes o acondicionar un refugio requiere tiempo. Cuando la tormenta ya está encima, buena parte de la prevención posible se ha perdido.
LA ÚLTIMA GRAN ADVERTENCIA DEJÓ MÁS DE 100.000 EVACUADOS
Paraguay conoce el costo de reaccionar tarde. Las inundaciones de 1983, 1997-1998 y 2015-2016 permanecen como referencias de lo que puede ocurrir cuando un episodio fuerte de El Niño coincide con lluvias persistentes, crecidas fluviales y urbanización vulnerable.
La SEN incluye entre los antecedentes recientes las inundaciones de 1983 y las registradas entre 2014 y 2016, asociadas a los efectos de El Niño. La institución señala que en 2014 más de 300.000 personas fueron desplazadas por inundaciones y que, en 2019, otro episodio obligó a movilizar a unas 150.000.
Durante diciembre de 2015, Paraguay fue el país más afectado por las inundaciones que golpearon a parte del Cono Sur. Cerca de 130.000 personas fueron evacuadas y el río Paraguay alcanzó en Asunción su mayor nivel desde 1992. Decenas de miles de familias terminaron en refugios improvisados, plazas, escuelas y predios militares.
La crecida no fue un hecho aislado de una tarde. Fue el resultado de lluvias acumuladas, saturación del suelo, aumento de caudales y exposición urbana. Las familias de los bañados sufrieron la pérdida directa de sus viviendas, pero el impacto se extendió mucho más allá: suspensión de clases, mayor demanda sanitaria, interrupción del transporte, presión sobre los servicios públicos, caída de ventas, gastos de relocalización y deterioro de caminos.
El episodio de 1997-1998 también mostró que un El Niño muy fuerte no produce necesariamente una copia exacta de 1983. Estudios sobre el Paraná concluyeron que la gran inundación de 1983 fue la más severa del siglo XX en el tramo argentino estudiado, mientras que las anomalías de caudal de 1997-1998, aunque siguieron la misma dirección, fueron menores en varios periodos.
La historia, por tanto, no sirve para anunciar una repetición idéntica. Sirve para conocer los puntos débiles.
EL PELIGRO NO TERMINA EN LA ORILLA DEL RÍO
Las poblaciones ribereñas constituyen el primer frente de exposición ante una crecida prolongada. Los bañados de Asunción, las comunidades próximas a los ríos Paraguay, Paraná y Pilcomayo, así como zonas bajas de Ñeembucú, Misiones, Concepción, Presidente Hayes y Alto Paraguay, requieren seguimiento permanente.
Pero vivir lejos de la ribera no garantiza seguridad.
Una ciudad puede inundarse por al menos cuatro vías diferentes. La primera es el desbordamiento de un río. La segunda es la crecida de arroyos y cauces menores. La tercera ocurre cuando la lluvia supera la capacidad del sistema de desagüe pluvial. La cuarta aparece cuando calles, patios y terrenos impermeabilizados aceleran la escorrentía y convierten las pendientes urbanas en canales de gran velocidad.
Asunción y las ciudades de Central presentan una combinación delicada: alta densidad poblacional, expansión del pavimento, ocupación de zonas bajas, arroyos degradados, basura en cauces y redes de drenaje incompletas. Una vivienda puede encontrarse a kilómetros del río Paraguay y aun así sufrir el ingreso de agua desde una calle, un arroyo cercano o un desagüe colapsado.
También están expuestas las personas que deben desplazarse durante la tormenta. En Paraguay, los raudales representan un riesgo particular porque pueden adquirir fuerza en pocos minutos. Una calle que parece transitable puede convertirse rápidamente en un curso de agua capaz de mover motocicletas, vehículos, contenedores y otros objetos.
El comerciante enfrenta otra forma de peligro. Un pequeño almacén puede perder en una hora mercadería, heladeras, documentos y capital de trabajo. Una empresa de mayor tamaño puede sufrir interrupciones logísticas, daños en depósitos, ausentismo, cortes de energía, pérdida de insumos y problemas con proveedores. El agua no distingue entre economía formal e informal; simplemente encuentra el punto más bajo.
LA PREVENCIÓN EXISTE, PERO TODAVÍA APARECE FRAGMENTADA
No sería correcto afirmar que el Estado paraguayo no hizo nada. La SEN realizó en julio un simulacro de inundación en distintos barrios de Asunción y verificó la capacidad operativa de recursos destinados a responder ante zonas aisladas. También impulsó reuniones con autoridades departamentales y municipales, entre ellas un encuentro con representantes de los 16 distritos de Ñeembucú para avanzar en la conformación de un Centro de Operaciones de Emergencia departamental.
En Concepción, representantes de la SEN, el Ministerio de Agricultura y Ganadería, la Gobernación, los municipios, productores y organizaciones civiles participaron en una jornada orientada a analizar los efectos del fenómeno y planificar acciones ante inundaciones y daños productivos.
Asunción, por su parte, informó sobre la limpieza preventiva de cauces y el avance de obras de desagüe en las cuencas de los arroyos Itay y Lambaré. Los dos lotes representan una inversión superior a G. 136.000 millones y contemplan miles de metros de alcantarillas celulares y pavimento de hormigón.
Estos trabajos son necesarios, pero no equivalen todavía a un sistema nacional y municipal de preparación plenamente visible para cada ciudadano.
La información pública revisada permite encontrar reuniones, simulacros, limpieza de cauces, obras específicas y coordinación institucional. Resulta mucho más difícil localizar, para cada municipio paraguayo, un documento sencillo que responda preguntas básicas: cuáles son sus barrios de mayor riesgo, qué calles deben evitarse, dónde funcionarán los refugios, cuántas familias podrían ser evacuadas, qué rutas alternativas existen, quién atiende a personas con discapacidad, qué hospitales cuentan con respaldo eléctrico y qué número debe utilizarse durante una emergencia.
La ausencia de esa información accesible no demuestra que cada municipio carezca de planes internos. Sí revela una falla de transparencia y comunicación. Un plan que solo conocen algunos funcionarios pierde parte de su utilidad cuando llega el agua.
LO QUE LAS CIUDADES DEBEN HACER ANTES DE LA LLUVIA
La preparación urbana necesita superar el operativo ocasional de limpieza. Retirar basura es indispensable, pero no sustituye una política de drenaje, ordenamiento territorial y gestión de emergencias.
Cada municipio debería publicar un mapa actualizado de riesgo que identifique zonas inundables por río, arroyo, raudal y acumulación pluvial. El documento debe estar disponible en internet, escuelas, centros de salud, comisarías y comisiones vecinales. No puede ser un plano técnico incomprensible: debe indicar calles, referencias conocidas, rutas de salida y puntos seguros.
También corresponde inspeccionar puentes, alcantarillas, canales, muros de contención, estaciones de bombeo, sumideros y tramos donde una obstrucción pueda agravar la inundación. El objetivo no consiste solo en limpiar lo visible, sino en medir si la infraestructura tiene capacidad para soportar lluvias más intensas.
Los refugios temporales deben ser revisados antes de su utilización. Necesitan agua segura, baños, electricidad, accesibilidad, ventilación, mecanismos de protección para niños y mujeres, espacios para mascotas cuando sea posible y protocolos de atención sanitaria. Una escuela vacía no se convierte automáticamente en un albergue adecuado.
Las ciudades deben elaborar, además, registros protegidos de personas que podrían necesitar asistencia prioritaria: adultos mayores que viven solos, personas con movilidad reducida, pacientes que dependen de equipos eléctricos, mujeres embarazadas y familias sin medios de transporte.
México, frente al mismo fenómeno, informó que reforzaba la coordinación entre los niveles nacional y local, inspeccionaba refugios y trabajaba en un sistema de alertas dirigidas a teléfonos celulares de habitantes ubicados en zonas de riesgo. Ese tipo de anticipación muestra que la comunicación no es un complemento del plan: forma parte de la infraestructura de protección.
EL COSTO ECONÓMICO SE EXTIENDE POR TODA LA CADENA
Una inundación severa puede paralizar actividades productivas incluso en zonas que no quedan bajo el agua.
El sector agropecuario enfrenta riesgos por exceso de humedad, erosión, enfermedades fúngicas, pérdida de cultivos, afectación de pasturas y dificultades para ingresar con maquinaria. Los caminos rurales deteriorados pueden impedir que la producción llegue a los centros de acopio o a los puertos. Una cosecha preservada en el campo puede perder valor si no logra salir a tiempo.
Las empresas logísticas necesitan identificar rutas alternativas y puntos de interrupción. Los depósitos deben verificar la altura de almacenamiento, el funcionamiento de drenajes, la impermeabilización y la cobertura del seguro. Los comercios pequeños requieren proteger facturas, documentos, medicamentos, alimentos, tableros eléctricos y equipos de refrigeración.
Las industrias deben revisar la continuidad del suministro eléctrico, el drenaje de sus plantas y el acceso de trabajadores. Los bancos y aseguradoras, a su vez, deben evaluar una posible mayor demanda de créditos de emergencia, refinanciaciones y cobertura de daños.
La prevención también tiene una dimensión fiscal. Cada guaraní que no se destina oportunamente a mantenimiento puede multiplicarse después en asistencia humanitaria, reparación de calles, reconstrucción de viviendas, reposición de puentes y subsidios. La emergencia obliga a gastar bajo presión, casi siempre a un costo mayor.
EL AGUA TAMBIÉN PUEDE CONVERTIRSE EN UNA CRISIS SANITARIA
Después de una inundación, el peligro no desaparece cuando baja el nivel del agua. La mezcla de residuos, aguas servidas y barro puede contaminar pozos, alimentos, utensilios y espacios habitables. La humedad favorece la aparición de hongos y agrava problemas respiratorios. Los recipientes y charcos acumulados pueden convertirse en criaderos de mosquitos.
El riesgo sanitario alcanza a toda la comunidad. La interrupción del agua potable puede afectar barrios alejados del río; los centros de salud pueden recibir más pacientes; la basura sin recolección puede bloquear desagües y aumentar la contaminación.
Por ello, las autoridades deben coordinar con anticipación la provisión de agua segura, medicamentos, vacunas, equipos de potabilización y vigilancia epidemiológica. La SEN informó a finales de julio la entrega de equipos potabilizadores y capacitación técnica en Pozo Colorado, una medida que fortalece la respuesta en escenarios donde el acceso al agua puede quedar comprometido.
LA RESPONSABILIDAD CIUDADANA NO REEMPLAZA AL ESTADO
La población puede reducir riesgos, pero no debe cargar con la responsabilidad que corresponde a las instituciones.
Una familia puede limpiar su canaleta, asegurar el techo, elevar electrodomésticos, proteger documentos y evitar arrojar residuos. No puede construir por sí sola un sistema de desagüe pluvial ni impedir que se autoricen loteamientos sobre humedales. Un comerciante puede levantar su mercadería del piso, pero no controlar el mantenimiento de una alcantarilla municipal.
La preparación doméstica comienza con acciones simples: revisar techos y canaletas; identificar por dónde entra el agua; proteger documentos en bolsas impermeables; mantener linternas, baterías, agua potable y medicamentos esenciales; cargar los teléfonos cuando se anuncien tormentas; desconectar la energía si el agua ingresa a la vivienda y hacerlo sin exponerse; y acordar con la familia un punto de encuentro.
Nunca se debe intentar cruzar a pie, en motocicleta o en automóvil una calle cubierta por un raudal. La profundidad y la fuerza del agua son difíciles de estimar desde la superficie. Tampoco conviene permanecer debajo de árboles, carteles, postes o estructuras inestables durante tormentas con ráfagas.
Los hogares con animales necesitan prever correas, cajas de transporte, alimento y un espacio seguro. Abandonar esa decisión para el último momento puede retrasar una evacuación.
Los comercios deberían guardar copias digitales de documentos, elevar equipos y productos sensibles, verificar el drenaje del local y establecer quién tomará las decisiones si el propietario no se encuentra presente. Las empresas necesitan un plan de continuidad que incluya proveedores alternativos, comunicación con empleados, respaldo de datos y procedimientos ante cortes de energía o caminos bloqueados.
UNA ADVERTENCIA QUE DEBE MEDIRSE EN HECHOS
El Niño no garantiza una catástrofe, pero sí eleva la obligación de prepararse. La ciencia trabaja con probabilidades; la gestión pública debe trabajar con escenarios.
El riesgo real surge de la combinación de tres elementos: el evento climático, la exposición de personas y bienes, y la vulnerabilidad de la infraestructura. Paraguay no puede controlar la temperatura del Pacífico. Sí puede limpiar sus cauces, terminar desagües, impedir nuevas ocupaciones de zonas peligrosas, proteger servicios críticos y comunicar a tiempo.
Las obras anunciadas y los simulacros muestran que existe movimiento institucional. El desafío consiste en pasar de acciones dispersas a un tablero nacional de preparación que permita saber qué municipio está listo, cuál necesita apoyo y dónde están los recursos.
Agosto ya comenzó. La pregunta dejó de ser cuándo llegará El Niño. La pregunta correcta es qué encontrará cuando sus efectos se vuelvan más visibles: ciudades preparadas para convivir con el agua o ciudades que volverán a improvisar frente a ella.
La misión de una nota de análisis no es repetir una advertencia, sino explicar sus consecuencias, los riesgos y las decisiones que deben monitorearse. Ese enfoque responde al manual editorial proporcionado, que exige interpretar qué cambia, quién puede perder, qué variables deben observarse y qué puede ocurrir después.

