Por Benjamín Fernández Bogado
La juventud ha demostrado en los últimos tiempos una mirada un tanto perpleja sobre la realidad que nos toca vivir. Se ha manifestado sobre algunos hechos puntuales, específicamente cuando se trata de abusos contra una joven de parte de un cura, pero no hemos visto mucha participación de ella, siendo que constituye la gran mayoría de la población paraguaya. Seguimos hablando de la juventud como una esperanza. Sin embargo, ella ya está alcanzando 35 y 40 años sin haber logrado consolidar absolutamente nada.
La juventud nuestra puede terminar siendo adolescente a los 60 y no es nada extraño que tengamos un presidente de mucho de ese perfil que algunos denominan el característico de los millennials. Una generación que nace a partir de 1983 y que no encuentra una forma de entender lo colectivo, de comprometerse con ideas que motiven un cambio transformacional profundo del Paraguay. Lo que vemos todavía es mucha distracción, mucha confusión y por sobre todo, mucha perplejidad. Mirar aquello sin entender qué es lo que acontece, y menos aún saber con respuestas claras cuál es el rol que les debe tocar a ellos como artífices de un momento de cambio que el país anhela. Hay un agotamiento claro y contundente de la vieja dirigencia política. Pero lo peor es que no vemos el nacimiento de una nueva. Lo peor es que lo viejo no termina por morirse y lo nuevo no termina de nacer.