En el primer domingo de Cuaresma, durante la homilía en la Basílica de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, el obispo Ricardo Valenzuela lanzó un mensaje contundente contra la cultura del consumismo y la idolatría al dinero, al advertir que la sociedad contemporánea está cayendo en nuevas formas de adoración que afectan negativamente la dignidad humana y la paz social.
“Adoramos falsos dioses como el dinero”, afirmó, subrayando que la obsesión por acumular riqueza y la búsqueda constante de éxito inmediato se han convertido en motores de una cultura que valora más lo material que los vínculos humanos y la solidaridad.
Valenzuela explicó que estas nuevas formas de idolatría no siempre son evidentes, sino que se presentan como caminos cortos hacia el reconocimiento y la prosperidad. “El dinero no tiene sangre, no tiene músculos, no tiene vida, pero nunca se cansa de tentar”, dijo, al tiempo que llamó a recuperar valores como la ética, la coherencia y la sobriedad.
El obispo también comparó el uso que la gente hace de la tecnología con la atención que se presta a la vida espiritual. “¿Qué pasaría si usáramos la palabra de Dios como usamos el celular?”, planteó, señalando que la búsqueda constante de mensajes y estímulos digitales puede reflejar una cultura de distracción que desplaza lo esencial.
Además, recordó que priorizar lo económico sobre lo humano no solo erosiona la paz interior de las personas, sino que también socava la cohesión social. El mensaje incluyó una crítica al enfoque materialista que, según el obispo, termina justificando prácticas deshonestas y decisiones basadas exclusivamente en el beneficio personal.
El obispo llamó a fortalecer criterios firmes frente a estas presiones. “Nuestra palabra no basta”, dijo, al indicar que sin principios sólidos es fácil ceder ante la lógica del dinero y el poder.
Finalmente, en el contexto del Año Jubilar Franciscano, invitó a revisar el estilo de vida y recuperar la sobriedad y la coherencia. “La montaña es tu tentación”, citó al recordar una expresión atribuida a San Francisco de Asís, para subrayar que el verdadero desafío es interior, pero tiene consecuencias sociales.