jueves, septiembre 24

Paraguay enfrenta una brecha juvenil marcada por baja cobertura médica y desigualdad rural

Paraguay cuenta con 1.525.855 personas de 15 a 29 años, equivalentes al 24,7% de su población, pero la ventaja demográfica convive con exclusiones: solo 52,6% de quienes tienen entre 15 y 24 asiste a una institución de enseñanza formal y apenas 24,9% del grupo juvenil posee seguro médico. La EPHC 2025 del INE presiona al Estado a coordinar educación, empleo y salud.

¿Qué dimensión tiene la población joven de Paraguay?

Los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística muestran que aproximadamente uno de cada cuatro habitantes del país tiene entre 15 y 29 años. Se trata de una franja determinante para el mercado laboral, la formación de nuevos hogares y la capacidad productiva que tendrá Paraguay durante las próximas décadas.

La distribución interna es prácticamente equilibrada. Unas 501.903 personas tienen entre 15 y 19 años; otras 515.034, entre 20 y 24; y 508.918, entre 25 y 29 años. Del total, 773.239 son hombres y 752.616 son mujeres, una diferencia reducida que obliga a observar las brechas territoriales y socioeconómicas más que el peso numérico de cada sexo.

La mayor concentración se encuentra en las ciudades: 1.128.790 jóvenes, equivalentes al 74%, viven en zonas urbanas. Otros 397.065, el 26%, residen en áreas rurales. Esta distribución incrementa la demanda de transporte, vivienda, conectividad, formación y empleo en los centros urbanos, pero también exige políticas diferenciadas para el campo, donde los indicadores educativos y de pobreza son menos favorables.

¿Por qué la asistencia educativa constituye la primera alerta?

El dato más sensible corresponde a la población de 15 a 24 años. Dentro de esta franja, solamente 52,6% asiste a una institución de enseñanza formal. Por lo tanto, el 47,4% no se encuentra actualmente vinculado a una escuela, colegio, instituto o universidad.

La precisión es importante: el indicador no permite afirmar que todas esas personas hayan abandonado sus estudios. El grupo también puede incluir a jóvenes que concluyeron algún nivel educativo o decidieron incorporarse directamente al mercado laboral. Sin embargo, sí revela que prácticamente la mitad de la población ubicada en una etapa central de formación ya no participa del sistema educativo formal.

La brecha territorial alcanza ocho puntos porcentuales. En las zonas urbanas, la asistencia llega al 54,7%, mientras que en las áreas rurales disminuye al 46,7%. La encuesta no identifica por sí sola las causas, pero ofrece una base para medir factores como disponibilidad de instituciones, distancia, transporte, conectividad, ingresos familiares y necesidad de trabajar.

Para una economía que busca atraer inversiones industriales, tecnológicas y de servicios, la disponibilidad de trabajadores jóvenes no resulta suficiente. El valor productivo depende de la formación técnica, las competencias digitales y la posibilidad de actualizar conocimientos. El Banco Mundial reconoce a la población joven como una de las características económicas del país, pero el aprovechamiento de esa estructura requiere una política sostenida de capital humano.

¿Qué revela la incorporación temprana al mercado laboral?

Alrededor de seis de cada diez jóvenes de 15 a 29 años están ocupados, según la Encuesta Permanente de Hogares Continua 2025. La cifra demuestra que la población juvenil ya sostiene una parte relevante de la actividad económica, aunque no permite determinar por sí sola la calidad de los empleos, el nivel de ingresos ni el acceso a la seguridad social.

Estar ocupado no equivale automáticamente a tener un empleo formal. Para evaluar la inserción laboral juvenil también deben considerarse la estabilidad contractual, la cantidad de horas trabajadas, la remuneración, la cobertura previsional y las oportunidades de capacitación. Sin esos elementos, el ingreso temprano al mercado puede consolidar trayectorias laborales de baja productividad.

El desafío institucional consiste en conectar al Ministerio de Educación y Ciencias, el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social y el sector privado. La formación profesional necesita responder a la demanda real de las empresas, mientras que los incentivos al primer empleo deberían medirse por su capacidad de generar permanencia, formalización y crecimiento salarial, no solamente por el número inicial de contrataciones.

¿Qué relación existe entre trabajo, salud y protección social?

Solamente el 24,9% de los jóvenes cuenta con seguro médico vigente. En sentido inverso, el 75,1% carece de cobertura, por lo que depende de la red pública, de recursos familiares o del pago directo para recibir atención sanitaria.

El resultado no permite establecer que todas las personas sin seguro tengan empleos informales. Sin embargo, la distancia entre el porcentaje de jóvenes ocupados y la cobertura médica plantea una señal sobre el grado de protección disponible durante esta etapa de la vida. El acceso limitado también puede retrasar consultas, diagnósticos y tratamientos, con consecuencias sociales y productivas.

La educación y la salud están reconocidas como derechos, pero también constituyen componentes del clima de inversión. Una fuerza laboral con menor formación o protección sanitaria reduce la capacidad del país para sostener actividades de mayor complejidad. La Unesco advierte que las brechas educativas afectan la productividad, la innovación y las posibilidades económicas de las comunidades.

¿Dónde se concentra la mayor vulnerabilidad juvenil?

La EPHC 2025 estima que 219.202 jóvenes, equivalentes al 14,4% del total, viven en situación de pobreza extrema o no extrema. La incidencia aumenta considerablemente fuera de las ciudades: alcanza el 21,2% en el área rural, frente al 12% registrado en las zonas urbanas.

La diferencia de 9,2 puntos porcentuales confirma que la desigualdad juvenil también tiene una dimensión territorial. Los jóvenes rurales registran menor asistencia educativa y una mayor exposición a la pobreza, combinación que puede restringir su acceso posterior a empleos calificados, crédito y protección social.

El dato también anticipa presiones sobre los programas públicos. Sin intervenciones coordinadas, las brechas pueden trasladarse hacia una menor productividad, migración interna y mayor demanda de servicios en las ciudades. El costo no se limita al presupuesto social: también alcanza a las empresas que necesitan trabajadores capacitados y a las comunidades que pierden población económicamente activa.

¿Cómo deben responder el Ejecutivo, el Congreso y los municipios?

La responsabilidad principal del Poder Ejecutivo consiste en transformar los indicadores en metas verificables sobre permanencia educativa, capacitación, empleo formal y cobertura sanitaria. El Congreso interviene mediante la aprobación presupuestaria, el control de la ejecución y el seguimiento de los resultados obtenidos por cada institución.

Los gobiernos departamentales y municipales pueden contribuir con transporte, conectividad, intermediación laboral y planificación territorial. La elevada concentración urbana vuelve especialmente relevante la coordinación con las ciudades que reciben población joven y deben ampliar sus servicios.

Los datos del INE no demuestran corrupción ni atribuyen responsabilidades individuales. Sí establecen una línea de base para la fiscalización pública. Cada programa dirigido a jóvenes debería informar presupuesto, cobertura, territorio, beneficiarios y resultados, con desagregaciones por edad, sexo y zona de residencia. Sin esa trazabilidad, aumenta el riesgo de superposición institucional y de recursos distribuidos sin evidencia de impacto.

La publicación se encuentra vinculada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible 4 y 8, relacionados con educación de calidad y trabajo decente. Esta conexión permite articular cooperación internacional, pero no sustituye la obligación estatal de planificar, ejecutar y rendir cuentas.

¿Puede Paraguay transformar su juventud en una ventaja económica?

La existencia de 1,5 millones de jóvenes no garantiza por sí misma un bono demográfico. La oportunidad aparece cuando esa población puede estudiar, capacitarse, acceder a trabajos productivos y recibir protección sanitaria. Si esas condiciones no avanzan, el peso demográfico puede convertirse en presión sobre el empleo y los servicios públicos.

La radiografía del INE coloca el debate en términos concretos: casi la mitad de los jóvenes de 15 a 24 años no asiste a la educación formal, tres de cada cuatro personas de 15 a 29 años no tienen seguro médico y la pobreza rural supera el 21%. La respuesta política deberá medirse por la capacidad de modificar esos indicadores, no únicamente por el número de programas anunciados.